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miércoles, 3 de julio de 2013

CARTA ABIERTA A UN MAESTRO, Y AMIGO QUE SE VA

Amables lectores de este blog, hace una semana desencarnó de entre nosotros, un maestro al que le tuve especial admiración. El LICENCIADO y MAESTRO JOSÉ LUIS ARABIT RODRÍGUEZ Y FERNÁNDEZ DE LARA. También hace una semana, me encontré por los juzgados al licenciado ADOLFO ESPINOSA, alumno también de este maestro y abogado al que admiré, quien comparte con todos nosotros una carta que describe al punto quién era y sigue siendo el maestro JOSÉ LUIS, a quien en este espacio, y por cortesía de la pluma de ADOLFO, rendimos un sincero homenaje.

 

"Puerto Vallarta a 26 de junio 2013

 

Q. H. Mtro. JOSE LUIS:

 

Saludos fraternales que envío al Eterno Oriente (E.O.)

 

En estos días lluviosos del mes de junio, ha tenido a bien dejarnos y pasar a ocupar su sitial en la columna que se encuentra en el lugar por donde sale la luz cada mañana.

Yo imaginaba que nuevamente nos sorprendería a todos con una recuperación asombrosa -como las que, con cierta regularidad tendía a bien obsequiarnos-; pero esta vez no ha sido así. Como siempre ha hecho lo que ha querido y en esta ocasión pasa la estafeta del deber a los que quieran asumir la tarea de tomarse los derechos en serio y como proyecto de vida la defensa de la patria desde el lugar en el que a uno le toque: la familia, los estudios, la docencia, el servicio público, el foro, o el trabajo raso y desde abajo. La tarea al cabo es velar por México, la juventud y los menos favorecidos. Yo Maestro echare de menos sus observaciones, sus anécdotas, sus saberes, sus preguntas difíciles y sobre todo la sana critica.

Hace 14 años cuando llegué a la Universidad de Guadalajara de Puerto Vallarta, ya me presentía que conocer a un hombre que ha tenido en suerte llamarse JOSÉ LUIS ARABIT RODRÍGUEZ Y FERNÁNDEZ DE LARA era cosa inusitada. Conocerle en sus dominios Maestro no me dejó indiferente; escucharle a costa de pagar el precio de su claridoso pensar; su probidad flamígera; su mirada taladrantemente profunda, vivaz y directa aunque inquietante no me amedrento. A decir verdad tuve grandes expectativas sobre Usted. Yo un chaval imberbe sobrado en ignorancia y de ego. Toque su puerta con insistencia y perseverancia; intente aprender de Usted y mal disimular mi asombro y curiosidad tras el humo de nuestro tercer cigarrillo en cada conversación interminable.

Era usted Maestro generosamente hiriente al decirnos las cosas sin florituras; usted agita como un reclamo lo mejor de nuestras conciencias; era inevitable que algo de su inteligencia y su fuerza se nos impregnara y lo llevásemos a casa y lo compartiéramos a nuestros hijos o nuestros amigos. Durante días podía yo reconstruir nuestras conversaciones mentalmente porque había cosas que uno entendía al paso de los días y no al momento. Me imagino que no aceptaría el título de sabio; si por lo menos, aceptará entonces que afirme que usted era atinado, profundo, culto y llano. Compartió lo que sabía valioso de sus experiencias íntimas, privadas y públicas. Nos llenó de esperanza y confianza en nosotros mismos. Usted no temía reconocer sus miserias, ni sus errores, ni sus pasiones, ni sus excesos; por ello uno podía presentarse sin temor ante Usted, lo humano nos hacía iguales. Como hombre de su tiempo vio, probó y desdeñó el poder del México post-revolucionario. Se forjó a la brava al tenor de sus convicciones y creencias. No aceptó ser súbdito del dinero, de la lisonja o del placer; por el contrario, cultivo la introspección ética y se autocorrigió de forma permanente.

Usted Maestro, deseó vivir más cerca de Aristóteles, Séneca y de los Hermanos Flores Magón; que de Platón, Herodoto o Cicerón; cultivó el estoicismo aunque respetó la belleza. Buscó nuevas formas de lucha por la autonomía, la dignidad humana, la libertad, la solidaridad y la justicia a favor de los humildes, los débiles y  los trabajadores.

El servicio que prestó a la juventud y a la H. Universidad de Guadalajara al no ser un hombre mediocre, blandengue, timorato, irresponsable o complaciente con sus alumnos y alumnas nos deja a los profesores de la Universidad el listón muy alto. Yo quería rendirle cuentas Maestro, yo quería decirle que he vuelto, que cumplí mi parte, que hice mi deber, que si aprendí y que no me doy vergüenza de mí mismo. No me ha dado tiempo Maestro. Usted estaba en el lecho del dolor. Pero se lo demostraré a Usted y a otros Maestros muertos que me han inspirado para esforzarme por alcanzar mis ideales.

Dice mi padre que para conocer la talla de un hombre, no hay que escuchar lo que dice o lo que calla; basta mirar su familia, su mujer y a sus hijos. Los hijos son el reflejo de lo que se vive y de lo que se Es. En los hijos se encarna lo más delicado de los anhelos éticos y de convicción de la corrección a lo bueno. Usted Maestro ha tenido mucha suerte porque sus hijos reflejan lo más tierno, lo más noble y lo más honesto de usted mismo. Le amaron Maestro. Su familia le ha amado. Aunque Usted me imagino que dirá que humildemente hizo lo que creyó mejor.

No lamento Maestro que usted ahora este muerto porque estaba muy cansado y había cumplido sus deberes para con Dios, para con la humanidad y para consigo mismo; lo único que sí afirmo Maestro, es que echaré de menos sus agudas apreciaciones sobre la política, la historia, el derecho, la justicia, la familia, la vida, la izquierda, el laicismo, y sobre todo su admiración por México y América Latina y; por sobre todo ello sus críticas honestas, descarnadas y generosas a mi persona, que forjaron paso a paso esta fraternidad de uno y otro lado de su escritorio, entre expedientes y libros –además del siguiente cigarrillo-. Me quedo con su amistad, sus amigos que le admiraron y su ejemplo. Hasta luego Maestro.

Es cuánto.

Mtro. Adolfo Espinosa de los Monteros Rodríguez.

Centro Universitario de la Costa

H. Universidad de Guadalajara"

 

 

 



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