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lunes, 3 de octubre de 2011

UNA GRAN VERDAD

Hace algún tiempo, aprendí una verdad que suelo aplicarme todas las mañanas, tal como lo hacen las damas con el montón de menjurjes con los que se tapizan la piel. Dicha verdad, la cuál le recomiendo que adopte como Yo, es esta: “Podrán perdonarte todo lo malo que seas, pero el éxito nadie te lo perdona”. Por supuesto que, en el caso de mi familia, no es mi situación porque Yo siempre he sido apoyado por todos. Pero sí me ha pasado y creo que a usted también, con la gente de afuera, que no puede ver que uno prospera porque ya están hablando pestes aún sin conocernos la mayoría de las veces.

Porque fíjese nada más el procedimiento que utiliza la gente para calificarnos: Si usted es borracho, la gente lo justifica y hasta lo compadece, diciéndole: “Es un pobre borrachito.” ¿Lo ve? Tanto lo compadecen que ya no es borracho sino “borrachito” y no solo eso, sino que también le dicen “pobre”. Si es un vago, en vez de decirle que es un huevón, un parásito bueno para nada, le dicen “pobre diablo”. Es decir, que es más fácil que la sociedad lo perdone siendo un borracho y un vago, porque ya hasta se dice que los viciosos no tienen la culpa de sus vicios. Ah, porque ahora según esto, no es culpa del ser humano sino del ambiente en el que creció.

¿Pero qué se dice del que prospera? ¿Qué se dice del que se levanta temprano, trabaja, busca por todos los medios salir adelante y lo logra? ¿Qué se dice de aquel que, por sus medios o como sea, logra tener casa nueva y carro último modelo? ¿O del que logra ligarse a la hija o al hijo de algún poderoso? Mire; hace seis años, recién llegué a la colonia donde tengo mi casa, hubo un hombre que sin conocerme comenzó a esparcir el mitote de que Yo era un licenciadillo orgulloso y arrogante. No discuto esto, cuando se trata de alguien que me conoce porque cada uno es libre de pensar del otro lo que quiera, pero este señor ni me había tratado siquiera. Pero una vez hablamos cara a cara y entonces vino la mía. Le dije que el problema no era mi licenciatura sino su falta de ella. Le dije que el problema no era que Yo fuera instruido, sino que Él fuera ignorante, borracho y además naco. No es que discrimine a la gente, pero si me van a criticar, que sea por alguna tropelía que Yo haya hecho y no por los logros que ellos no han tenido. ¿Verdad?

¿Se ha fijado usted en lo primero que dicen los vecinos cuando alguno llega con carro nuevo? Por supuesto que nunca le reconocen el mérito por su trabajo; tampoco lo felicitan y mucho menos se alegran. ¿Pero qué es lo que dicen? “¿Ya viste el carro que trae? ¡De seguro ya anda vendiendo mota! Ay no cabe duda que esto de trabajar en el gobierno sí deja. ¡Vaya que ha robado para tener un carro como ese!” Y en vez de eso, deberíamos pensar muy seriamente en algunas cuestiones, como las que voy a plantearle: ¿Qué habrá hecho esa persona para tener el carro o la casa que usted no tiene? ¿Qué tipo de inversión hizo? ¿Cuál fue el curso o los cursos que tomó para saber manejar mejor las finanzas que usted? Y si su vecino es un excelente arquitecto o un buen abogado, se codea con el gobernador y se acuesta con cuanta vieja se le antoja… ¿Cuántos años le costaría prepararse? ¿No son los mismos o más de los que le habría costado a usted pero que usted no quiso pagar?

Volví a vivir esto en carne propia cuando conocí a TOÑO; un ciego mediocre e infeliz, en el sentido literario de las palabras, que solía denostar todo logro que Yo tenía adjudicándoselo a la suerte. Y bien dijo un escritor en cierta ocasión: “La suerte, es el pretexto de los mediocres”. Solo que Yo pensé que solo era eso. Resultó que, tiempo después, manifestó su coraje porque Yo soy un profesionista y Él un vendedor de chicles en los cruceros. No discrimino a quienes ejercen el comercio en las calles, pero este en lo particular, es un mediocre amargado por no poder ir más allá ni tener más de lo que ahora tiene. Y esto sucede en todos los ámbitos. Hace tiempo, escuché en la televisión que un grupo de personas se había manifestado a la llegada de Carlos Slím a una reunión en Guadalajara. Se manifestaron porque, según esos resentidos sociales, Él no tenía derecho a opinar sobre la pobreza porque es rico. Bueno, entonces que los doctores no digan nada sobre enfermedades, porque son doctores y no tienen derecho. ¡Por favor! ¿Quién nos podría enseñar leyes? ¿Acaso alguien que no sea abogado? ¿Quién nos puede enseñar sobre dinero? ¡Pues solo alguien que lo tenga! ¡Lógico! ¿No? ¿Sabe usted cuál es el coraje que ellos tenían realmente? Pues que Slím tiene dinero, vive bien y no sufre por cuestiones materiales y en cambio, toda la borregada que fue acarreada a esa manifestación no tiene dinero y vive en la pobreza. Yo en cambio, le reconozco el tino que tuvo al comprar TELMEX, con la visión de controlar la telefonía en México. Yo en su lugar, habría hecho exactamente lo mismo, importándome un pito si a la nacada le parece o no.

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